19 de mayo de 2013

El manglar

Nadie sabe realmente lo que ocurrió esa noche en la que no se supo más de ella. Aparentemente todo en su vida funcionaba bien, tenía una relación estable, un trabajo bien remunerado, estado de salud inmejorable y un futuro promisorio que cualquiera envidiaría; pero nada de eso era suficiente para exorcizar los demonios que la atormentaban desde siempre. Alguna vez, en una reunión de amigos, me contó un poco de su historia, “no te quiero amargar la fiesta, este no es el momento ni el lugar para hablar de tristezas”, me dijo. Desde entonces se volvió una obsesión saber que fue de ella pues el hermetismo que rodeaba su desaparición era absoluto. Hace poco recordé que me había platicado de un lugar especial, su lugar, en el que escapaba de todo aquello que la atormentaba y, para mi fortuna, sabía perfectamente donde se ubicaba. Con un mal presentimiento navegué hasta aquel sitio seguro de que ahí la encontraría… así fue. Una profunda pena me invadió cuando la vi, sola y triste; me senté a su lado sin emitir sonido alguno esperando que su voz en el viento me contara el final de la historia, pero ella había callado para siempre. Antes de partir le prometí no revelar en dónde se encontraba, convencido de que los pececillos que nadan a su alrededor y las criaturas que habitan el manglar son la mejor compañía que ahora pueda tener.


2 comentarios:

  1. De vuelta en las lides blogueriles.
    Muy lírico este texto. Incluso la ilustración elegida amalgama muy bien con el relato.Me encantó.
    Beso de vuelta
    San Montelpare

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  2. ¡De vuelta y me da un gusto enorme!
    Ya sabes como es, encuentras de pronto una de estas maravillas perdidas en las profundidades del Manglar y es prácticamente imposible no dedicarle unas palabras.
    ¡Beso y abrazo enormes San!

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